“He llegado al embarcadero de la noche,
desnuda y con hambre de luz.
Ya nada podrá detenerme.”Ocho islas y un invierno. Marta Navarro García
Aparcamos el coche junto a los Jardines de Murillo y abordamos la calle Santa María la Blanca con paso estresado y mil carcajadas en los labios. Al torcer por Céspedes ya nos habíamos calmado, caminábamos casi de puntillas y las risas las susurrábamos apenas; la calle angosta, las baldosas húmedas, los muros recios y los geranios mustios nos invitaron a la mesura. Quizás algún día, cuando las hormonas vuelvan a ser las que eran y cuando me crea anónima otra vez, te contaré que se me ocurrió que me hacías caminar hacia atrás como un cangrejo por la estrechez de Céspedes sin perder el rastro de tus ojos, que me obligabas a chapotear en los charcos al grito de “¡soy suya y me mojo!”, que con mi cuerpo hacías un molde en los muros encajonando tus caderas en las mías mientras me llenabas la boca de geranios con los que pedir auxilio. O no, no sé, que luego me dices que sólo hablo de sexo.
Al encarar la calle Levíes muy cerca ya de La Carbonería, te metí en el bolso, en la agenda, en un día de estos, y regresé al paraguas que no cerraba, al puñetero cigarrillo que acababa de encender justo antes de entrar en un local en el que está prohibido fumar y a la ilusión que me empujaba hasta allí.
Abrí el portón de madera cargado de invitaciones a conciertos, a exposiciones, a presentaciones de libros, a performances, casi con veneración. Al otro lado esperaba un espacio íntimo y acogedor, sosegado y amistoso, racional y dialogante, lírico y conjugador. Qué Sevilla tan diferente a la de la Carmen de Merimée, a la del estoque asesino de Curro Romero o a la de la botellona primaveral en traje de flamenca.
No resultó difícil reconocer a Marta, lo hubiera hecho incluso aunque no la hubiera visto en los vídeos de la presentación del libro en Zaragoza. Su manera de sonreír con los pliegues de la mirada, viva y brillante, granuja y tierna; y las formas de luz que derrapaban de las puntas de sus dedos al agitar el aire con las manos, sólo podían ser de quien no escribe palabras, las escupe, las derrama una a una contra el cielo plomizo de Sevilla.
Luego ya, en su abrazo rojo de vehemencia adolescente y orgánica, en su voz azul celeste destilando versos verdes, sentí que al menos ese día había llegado al embarcadero de una noche radiante, con una gabardina y con hambre de palabras. Y que aunque me detendré muchas veces no será nadie quien me lo impida.
Grazie Marta e tanti auguri bella.
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[Tomado del blog de la Mala: La matadora de brújulas].
