
Entrada a La Carbonería
Llovía con furia, el hotel sacó todas sus toallas e improvisó una trinchera de algodón en la puerta, pero daba igual, el agua seguía entrando con ganas. A pesar de la advertencia del gerente del hotel, salí a la calle para ver algo de Sevilla. Nada más pisar la calle un camión atravesó la plaza formando una ola enorme que nos cayó sin compasión a los que pasábamos por allí. El agua de la ola era marrón, mi cara y anorak también. Era la segunda vez que me cambiaba de ropa por culpa de la lluvia. Sólo me quedaba seco el pijama, ¿se puede ir a la presentación de un libro en pijama?, no, no era justo. Tuve que suspender la comida con Francisco Aranguren, el editor, por falta de ropa, por cansancio y por exceso de frío. En la farmacia un señor me advirtió que se avecinaba un tornado. La desolación crecía a cada hora. Oye, Francisco, ¿y si suspendemos la presentación? Por suerte, Marisa, que es toda ella sensatez, dijo: No, no, se mantiene y que sea lo que tenga que ser.
Edith, Ricardo, Rosa, Felisa, Ana Bella y amigas
Después de dos horas secando la ropa con el secador, después de tomar sopa de frenadol, tortilla de aspirina y zumo de limón en vena, salí hacía La Carbonería, pensando que todo iba a ser un desastre. Respiraba profundamente. No pasa nada si no viene nadie, no pasa nada, me decía.
A la entrada estaba Edith Checa, por fin podía conocerla personalmente. Edith ha sido un gran descubrimiento para mí. Escucharla, mirarle a los ojos y charlar con ella es un placer inmenso. Edith me dio sorpresas toda la noche. Ricardo a su lado observaba y reía. Una pareja de ensueño. Y ellos ya saben por qué lo digo.
La Carbonería es un lugar misterioso, especial, no se parece a ningún otro. Un enorme local dividido en varios espacios. El nuestro tenía a la entrada una chimenea, bancos de madera y un escenario con una mesa y una pared blanca. No había nadie, era pronto y además llovía…
Rosa, Rocío, Carmen, Marisa, Joaquín, Ana Bella y amig@s
Al cuarto de hora y para mi sorpresa empezó a entrar gente. Nuestra niña mimada, Rosa, que vino desde su pueblo en autobús acompañada de Soraya y Rocío. Rosa, bloguera y amiga de LaMima es un encanto de persona. Luego llegó “La mala” (alias, “La matadora de brújulas”), persona increíble, de talento innato, misteriosa, animalista. Hubiera hablado con ella horas, muchas horas. Luego Luis y Pablo que en unas semanas abrirán un blog, Joaquín (El aviador capotado), Enrique, de la revista “Música y versos”, Ángel Leiva, poeta y divulgador cultural, toda una autoridad en la ciudad, Fernando, Sipar, Rosa, las amigas de la Fundación de mujeres maltratadas “Ana Bella”. Un placer hablar con Ana Bella. Rosa que acaba de publicar un hermoso libro del que hablaremos en breve, Presto, y ese funcionario de medio ambiente de la Junta que pasaba por ahí y se quedó por unos versos (“La mirada del agua esconde ríos con cicatrices”) y no consigo acordarme de su nombre. Y el amigo saharaui Aboubakar (que me anotó su nombre en la libreta), y Sara y Lucía. Y Sergio, pintor, músico, todo un artista. David González de la revista Tinta China, publicación literaria recomendada por la Unesco, Lorenzo, Irene y compañía del blog Paraleernos, el british guaperas que entró y me atizó dos besos como dos panes, y dos amigas antitaurinas y Carmen, con la que luego nos fuimos a cenar. … Y seguía entrando gente, siento no poder recordar a todas las personas que vinieron. Yo no entendía nada. Imaginaba que una parte de la gente venía por Edith Checa, una escritora brillante y muy querida, otra parte por Francisco Aranguren, pero la sorpresa fue que muchos vinieron por el blog “Entrenómadas” y eso es algo que me ha sorprendido gratamente.
Edith Checa y yo
Edith realizó una presentación muy bella, limpia y delicada. Habló de muchas cosas. El toque provocador lo pusimos al hablar de los derechos de los animales en una ciudad donde las corridas de toros y sus apéndices sangrientos abundan. Cuando lea esto el editor y sin embargo amigo se enfadará conmigo, pero él ya me conoce y sabe que le quiero bien, por eso soy sincera. Sigamos… El agua había mojado mis apuntes, tuve que improvisar y no paré dehablar en un buen rato. Los ojos de Edith me daban mucha seguridad. Fernando, poeta sevillano, ajustaba el micrófono y me dijo un par de veces algo así como “habla más alto que no se te oye”. Y entonces empezamos a recitar una buena selección de los poemas de ‘Ocho islas y un invierno’, bajo un silencio profundo, sólo interrumpido por el crepitar de la ramas en la chimenea. Al final una ovación (la voz de Edith siempre provoca ovaciones) y un empezar a firmar y abrazar a gente, gente que no conocía pero que apetecía abrazar.
Una de las salas de La Carbonería
Eché de menos a mis amigos fotógrafos Larraz, Primo y Melendo y al videoadicto Chesús, que cubrieron magníficamente la presentación del libro en Zaragoza. Al menos Ricardo pudo hacer algunas fotos con mi cámara, pero muy pocas (las que ilustran este post). Luis y Sergio también hicieron y me han prometido enviármelas. Por favor, que sea pronto.
Agradezco mucho la generosidad de todas las personas que vinieron, gente que sin apenas conocerme se olvidaron de la lluvia y compartieron con Edith y conmigo una velada poética. Allí ha quedado el último libro de Fernando Sarría. De allí me traigo un montón de besos para LaMima, José Miguel Larraz y Patricia Esteban. Patricia tiene allí un nutrido grupo de lectores. La presentación acabó a las 23:30 aproximadamente. Luego nos fuimos a cenar y acabamos tarde, o pronto, según se mire.
Las islas, los inviernos y yo nos sentimos en Sevilla felices, muy mojados, pero felices.
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[Tomado del blog de Marta Navarro: Entrenómadas].

Ya sabes que eres bienvenida a Sevilla, ayer, hoy y siempre. Para cuando quieras volver trendrás más gente aun si cabe pendiente de tí y de las cosas que de tí se disfrutan.
Eres bienvenida también a paraleernos. Loren, todos los compis que no conoces aún y yo te hemos dejado abierta la puerta de nuestra casa, a la que puedes entrar sin molestarte en avisar o llamar al timbre.
Gracias por este post tan bonito que hace que se unan, como por arte de magia, dós ciudades que geográficamente están a un “paseito”.
Muchos, muchos, muchos pero que muchos besos.
Irene Nárdiz
no sabes lo cansada que estoy